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Miércoles, 01 Diciembre 2010 09:20

Etapa 29: Melide a Arca do Pino

Escrito por Chiruca

Salgo del albergue con el plástico cubriendo mi cuerpo “amochilado” de arriba a abajo. Una persistente lluvia empapa el alba de Melide.

Empezamos a caminar, y tengo la impresión de que el día no acaba de desplazar a la noche. Las nubes, bajas y oscuras, y la incesante lluvia, mantienen la tenue luz del amanecer durante mucho más tiempo de lo habitual. Sólo me queda agachar la cabeza y avanzar, mientras oigo el sonido de mis botas chapoteando en el barro. Y el de las gotas de lluvia golpeando mi caparazón de plástico. Nací en una ciudad, pero soy de campo. Y mi instinto campestre me dice que esta lluvia es terca. El tiempo no es como el de ayer, con chaparrones intermitentes que permitían momentos de calma donde alargar mi vista hacia el horizonte. Hoy la lluvia se ha instalado para pasar el día entero. Yo me instalaré en un perseverante caminar y en los paisajes más cercanos. Tengo treintaicinco kilómetros por delante. Casi nueve horas andando en estas condiciones, por un camino que no conoce el llano. Y, sin embargo, no me importa nada. Me da absolutamente igual.

 

Incluso me atrevo a decir que disfruto de estás dificultades. Disfruto sufriendo. Reto a que me pongan más obstáculos, que me será indiferente. Los pasaré sin la más mínima queja. Mañana estaré en Santiago. Somos cuatro los que caminamos impenitentes bajo la lluvia. Los cuatro adelantados de la “familia” que hemos creado durante el Camino. Los demás vienen con un día de retraso desde que nos separamos en O Cebreiro. Caminamos juntos. No nos separamos más de veinte metros entre el primero y el último. Y nos sentimos acompañados. Pero cada uno camina solo. No nos hablamos entre nosotros. Avanzamos con nuestros pensamientos. En soledad. Es complicado explicar que en el Camino puedes llegar a vivir tan intensamente semejante contradicción. Que te sientas cálidamente acompañado, al mismo tiempo que camines en la más absoluta soledad. Pero no haré ningún esfuerzo por explicarlo. Quien haga el Camino puede llegar a comprenderlo. Así vamos los cuatro caminando bajo la lluvia. Separados por varios metros unos de otros. Por fascinantes senderos y pistas rodeados de árboles y verde. Juntos pero en soledad. Por delante va el francés, de quien nadie de su entorno sabe que está haciendo el Camino. Y yo lo respeto. Un poco más atrás camina Amán, el italiano aventurero que se ha recorrido gran parte del planeta en solitarias aventuras. Y considera el Camino una más. Tras él, Gina, la sorprendente coreana.

 

A los coreanos los vi por primera vez en Zubiri. Por allí estaban en sus primeras etapas del Camino totalmente perdidos. Father, Gina y Puka tenían un caminar lento y, en algunos momentos errante. Distantes del resto de peregrinos. En Logroño ya tuvimos un primer acercamiento compartiendo mesa en la cena conjunta del albergue. A partir de allí ya fuimos juntos y formaron parte del grupo. Pero siempre manteniendo las distancias. A partir de Carrión, “father”, el cura amigo de Puka, puso camino de por medio y se fue hacia adelante. Puka y Gina se integraron más en el grupo. Y asumieron el rol de madres de Bapu y Marian, los dos jóvenes alemanes. Se ayudaban mutuamente y mantenían largas conversaciones caminando. Las culturas se acercaban tanto que llegaban a concluir que, en lo básico, somos iguales.

 

Hace cinco días Gina se separó de su íntima amiga Puka, cuando nos la encontramos ya anocheciendo en el bar de Viduedo. Sola, con su cigarro y su vaso de vino. Inolvidable y entrañable imagen. A los tres nos hizo ilusión verla, pero pensamos lo mismo. Que no aguantaría nuestro ritmo. Y aquí la tengo, sorprendente e incansable. Ayer hicimos cuarenta kilómetros y ella no rechistó. Hoy tenemos treintaicinco bajo la lluvia y no ha dado una sola muestra de debilidad. Nos hace gracia su enérgico caminar. Amán la imita poniéndose tras ella. Paso derecho, bastón izquierdo adelante; paso izquierdo, bastón derecho adelante. Así durante horas. Bajo la lluvia. Sin hablar. Sin desfallecer. Maravillándonos con su tesón. Sorprendente.

 

Hemos pasado de largo Arzúa sin parar a comer nada. Íbamos enfilados a buen ritmo bajo la lluvia. Y nadie ha creído necesario hacer una parada. Al llegar a Calle, ya con veintidós kilómetros en el cuerpo, nos encontramos con el albergue cerrado. Los cuerpos agotados y las mentes ofuscadas nos llevan a una indecisión, que bajo una persistente lluvia, se convierte en tensión. Miro a mi alrededor y veo caras de no poder más. Necesitamos parar. Comer algo y protegernos de la lluvia por un rato. Si seguimos por el camino, sólo tenemos aldeas sin servicios hasta Santa Irene, a tan solo tres kilómetros de Arca. Y no sé si seríamos capaces de llegar. Ha sido como un interruptor. De repente hemos dejado de caminar solos cada uno de nosotros. Ahora somos grupo. Y, como grupo, buscamos una salida a esta situación. La nacional 547 no está lejos. Hay más posibilidades de encontrar algo, que en este pueblo donde no se ve un ser viviente en este lluvioso día. Cuatrocientos metros nos separan del camino a la carretera. 

 

Cuatrocientos metros que tenemos que andar de más. Pero la suerte nos acompaña. Hemos encontrado un bar de carretera. Pienso en que hace unos minutos éramos solitarios peregrinos caminando uno detrás de otro. Y ahora somos un grupo de peregrinos que hemos tenido un problema y le hemos encontrado solución. Somos un grupo de peregrinos felices y dichosos sentados alrededor de una mesa llena de comida. Fuera sigue lloviendo.

 

Mi previsión se ha cumplido y no ha parado de llover en todo el día. Hemos parado otra vez en Santa Irene. En el restaurante O Empalme, donde nos hemos sentido como en casa. Una parada necesaria para afrontar los últimos tres kilómetros que se nos hacen eternos. Llegamos a Arca do Pino con el cuerpo agotado, pero con la determinación intacta. Después de lo que hemos pasado hoy, en cualquier otro lugar, estaríamos para tumbarnos y no levantarnos. Nosotros estamos como si nada. Alegres. Como si llegáramos de dar un pequeño paseo. Sin las mochilas nos sentimos levitando.