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Martes, 30 Noviembre 2010 09:17

Etapa 28: Portomarín a Melide

Escrito por Chiruca

Son las ocho de la mañana de este último lunes de noviembre y aún no ha amanecido. Paso por delante de la iglesia de San Nicolás de Portomarín con la única luz de unas cuantas farolas.

No me gusta salir a oscuras. Pero hoy es necesario. Tengo pensado recorrer los cuarenta kilómetros que me separan de Melide. No sé si será porque el trayecto por Galicia es tan agradable o porque ya me he acostumbrado a caminar cargando con mi mochila. Pero mi cuerpo, o mi mente, aguanta mucho más. Por otra parte, el llevar veintisiete días caminando ininterrumpidamente, hace mella en mi cuerpo cansado. Aún así, salgo convencido y decidido hacia el embalse. Desciendo. Cruzo la pasarela sobre el río y comienzo a ascender por el bosque, bajo la tenue luz de un amanecer cubierto de nubes. Al principio la subida es fuerte. Luego se suaviza para mantenerse estable por varios kilómetros. Casi once. No quiero pensar en lo que tengo por delante. Sólo en caminar. Caminar a un ritmo constante. A ratos llueve y, en todo momento, el camino va ascendiendo. Pero no me importa. Voy disfrutando con la belleza de este camino. Como ayer. Y los kilómetros van pasando. A los doce kilómetros paramos en Hospital da Cruz a tomar un café. La excusa para descansar un poco en un lugar protegido y caliente.

 

Cuando entramos al bar llovía, pero cuando salimos nos encontramos al sol peleándose con las nubes por darnos un poco de calor. Atravesamos el nudo viario de la N-540 y afrontamos el último tramo de ascensión hasta la divisoria de aguas de la sierra de Ligonde. El sol ha perdido la batalla en el cielo. Y nosotros la hemos perdido en la tierra. Ya no pisamos camino. Pisamos asfalto. Me han contado que el Camino de Santiago era un camino, hasta que hace unos años, a una mente preclara se le ocurrió llevar el “progreso” a este tramo del Camino y asfaltarlo. Sinceramente, los kilómetros se me antojan más largos y me canso más cuando voy caminando sobre el monótono y uniforme piso del asfalto. Luego nos encontramos con un andadero o arcén de tierra, con el que años más tarde quisieron reparar el desaguisado de la brea. Nosotros nos resignamos, pero el cielo parece que no. Comienza a llover, arreciando cada vez más hasta convertirse en un auténtico chaparrón cuando entramos en Palas de Rei.

 

La parada aquí es corta. Lo justo para comer un bocata, beber algo y emprender la marcha. Me acuerdo de esas etapas pasadas. Mucho más cortas. Parábamos a comer en mesa con mantel y cubiertos, acompañando la comida con una botella de vino. Y hasta una pequeña sobremesa con el café. Hoy no. El margen de luz que nos da el mes de noviembre nos apremia. Nuestras paradas deben ser breves. Y nuestro caminar, continuo. En A Coruña el Camino vuelve a ser agradable. Por empedradas pistas y senderos. Han sabido mantener los árboles autóctonos en los bordes del camino y hay tramos realmente mágicos. Llueve discontinuamente y me mojo para, seguidamente sin parar de andar, volverme a secar con el propio calor de mi cuerpo cuando cesa la lluvia.

 

A pesar de las continuas subidas y bajadas, de la falta absoluta de un tramo llano, mi mente y mis piernas están respondiendo. Pero son muchos kilómetros. Y llegando a Melide noto un cierto agotamiento general. Llego cansado, pero no arrastro las suelas de mis botas como en otras etapas con menor kilometraje. Me doy cuenta de que me he ido adaptando a caminar con la mochila a cuestas. Ya no siento esos extraños dolores que aparecían en diferentes partes de mi cuerpo. Esto no tiene nada que ver con correr o salir a andar por el monte. Puedo estar muy bien físicamente. Muy entrenado. Pero el estar andando a diario es algo diferente. En cualquier deporte o actividad, cuando te surge una molestia, ésta va a más. Se acentúa. Extrañamente, en el Camino, cuando me aparecía una molestia en algún músculo, esta desaparecía al día siguiente. O a las horas. Y se cambiaba por otra en otra parte del cuerpo. No llego a entender la razón.

 

Ahora no. A falta de tres días para llegar a Santiago, he completado cuarenta kilómetros sin grandes molestias. Eso sí, con mucho cansancio. Algo normal de un agotamiento acumulado después de tantos días andando sin descanso. Pero, a pesar de llegar exhaustos tras nueve horas de caminata, no tardamos en recargar las pilas. Tras una ducha, un cambio de ropa y un corto reposo, salimos a dar una vuelta por Melide. Con final feliz en la pulpería. No es la dieta del deportista, pero sí la del peregrino.

 

 

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