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Lunes, 29 Noviembre 2010 09:16

Etapa 27: Sarria a Portomarín

Escrito por Chiruca

Aunque quisiera, hoy no puedo prepararme el desayuno en el albergue. No hay absolutamente nada en la cocina. Ni cazuelas, ni cubiertos, ni platos , ni tazas. Nada.

Es la primera vez que nos ocurre esto en todo el Camino. Yo no tengo ningún problema, porque he desayunado todos los días en algún bar. Como sé que algunos de mis compañeros son inexpertos en esto de encontrar un lugar cercano donde desayunar, me encargo de esta tarea. Cuando aún está oscuro fuera. No tardo mucho en volver al albergue en busca de mi mochila y, para indicar a mis compañeros dónde hay un lugar abierto en domingo en el que podamos tomar un café. Esta vez no estoy sólo. Estoy con mis compañeros tranquilamente desayunando mientras esperamos a que se haga de día. Me hace ilusión estar acompañado en este momento. Al rato entra una persona, que ha dormido en el albergue, a estropearme el desayuno con sus extrañas preguntas. No es peregrino, como algún otro que ha dormido esta noche, y ya nos dio ayer la noche. En la sala de las literas, ya con las luces apagadas, se ponía a hablar con voz alta y ronca. No sé si bajo los efectos del alcohol. Hasta que un peregrino se puso serio y le mandó callar con bastante determinación. En este albergue no hemos tenido mucho ambiente de peregrinos.

 

Nos encaminamos por las calles de Sarria hacia lo alto de la población, siguiendo las flechas amarillas. Sólo vamos cuatro. Poco antes, en el bar, Marian nos ha comunicado que él se quedaba allí a esperar a su compañero de Camino. El italiano Amán, que se ha recorrido casi todo el mundo en aventuras solitarias, me ha mirado con una cara entre divertido y sorprendido. No le hemos dicho nada. Ni tampoco nos hemos dicho nada entre nosotros mientras nos mirábamos sonrientes. Pero, seguro, hemos pensado lo mismo. Llevan meses caminando juntos y, a cinco días del final, deciden que deben separarse. Ahora lo tenemos aquí, añorando a su compañero y dispuesto a pasarse todo el día deambulando por las calles de Sarria hasta que lleguen los demás. Los albergues cierran temprano sus puertas, y el resto de nuestro grupo ha dormido esta noche en Triacastela. La conclusión es sencilla. Se pasará todo el día en la calle hasta que lleguen. Y volverá a dormir esta noche en el mismo albergue. Cada cual hace el Camino a su manera. Como la vida.

 

No hay grandes desniveles en esta primera parte de la etapa. Y nos llueve intermitentemente con mucho frío. A pesar de eso, voy feliz. El trazado del camino es maravilloso. Vamos pasando bosques, prados, riachuelos y pequeñas aldeas. Una detrás de otra. Cerca de Barbadelo alcanzamos a los dos guipuzcoanos y compartimos un tramo del Camino con ellos. Esta noche no han dormido en el albergue, como siempre. Y seguro que cenaron en el mejor o más típico restaurante de Sarria. Aquí van, con un fácil caminar y en continua y animosa charla. Al cabo de un rato, mientras los estamos dejando atrás, pienso que esta noche volverán a dormir en una cama con sábanas. Y que cenarán en el lugar más emblemático de la población donde sitúen su final de etapa. Ya han hecho el Camino de Santiago en varias ocasiones. Y, me imagino, que no siempre de esta manera. Hacen otro Camino dentro del mismo Camino. Yo les veo disfrutando mucho. En algunos momentos tenemos que caminar por tramos en los que parece que vamos por el cauce de un río, de la cantidad de agua que fluye por el empedrado. Estas zonas están preparadas con unos “pasales” por los que tenemos que ir pasando de piedra en piedra, mientras vemos cómo corre el agua bajo nuestros pies. Baja mucha agua por estos empedrados. Además llueve y hace frío. Pero no me importa nada.

 

Realmente, no es que no me importe. Es que realmente no me doy ni cuenta. Estoy disfrutando en todo momento de la belleza de este camino. A cada paso que doy me va gustando más lo que me rodea. Es un continuo deleite. Aún me abstraigo más de la lluvia y el frío, cuando nos encontramos con el mojón de cien kilómetros a Santiago. A partir de ahora, la cuenta atrás la haré con números de tan sólo dos cifras. Dos kilómetros más allá del mojón, entramos en Ferreiros. Otra alegría que añadir al cuerpo. Junto al albergue público está el mesón Casa Cruceiro. Con menú del peregrino a 8 euros. Nos colocan en una pequeña estancia cercana a la cocina. Y aquí pasamos un buen rato. Solos pero calentitos. Poniéndonos hasta arriba de comer con el menú del peregrino. Ciertamente, no es mala la vida del peregrino. Pienso yo.

 

Los diez kilómetros hasta Portomarín son más de la misma maravilla. Preciosas sendas en un entorno de naturaleza verde. Y un continuo pasar de aldea en aldea. Es cierto que ya no vemos más fondas, ni restaurantes, ni bares donde parar. Pero llevamos reservas suficientes con lo que hemos comido en Ferreiros. Además, sale el sol. Qué más podemos pedir. Este momento en el que el sol nos da testimonio de que está ahí, coincide con la vista de Portomarín desde lo alto. Ya nos queda, tan sólo, bajar al cauce del río Miño. Cruzar el embalse de Belesar. Y subir al nuevo Portomarín. Están abiertas las compuertas del embalse y el agua fluye como río. Esto nos permite contemplar el antiguo puente y las ruinas de las casas del original pueblo de Portomarín, normalmente sumergidas bajo las aguas del embalse de Belesar. El nuevo Portomarín se encuentra al otro lado del puente.

 

Subimos hasta el pueblo sin encontrar a nadie. Pasamos por la plaza donde se encuentra la iglesia de San Nicolás, transportada piedra a piedra desde el antiguo pueblo. Y llegamos al albergue. Aquí tampoco hay nadie. Sólo un pequeño papel escrito a mano en el que nos advierten de que la hospitalera se ha ausentado y que vendrá más tarde. Lo cierto es que hemos visto a tanta gente aquí, como la que hemos visto desde lo alto del puente en el antiguo Portomarín. O sea, a nadie. Al atardecer salimos y nos encontramos un cambio radical. El pueblo está lleno de vida. Los bares llenos. Algunas tiendas están abiertas. Y la gente va de un sitio a otro. Decidimos abandonar nuestra jornada de soledad, paz y espiritualidad. Y nos sumergimos en un bar lleno de parroquianos, y algún que otro peregrino, donde comemos algo y disfrutamos con el partido de fútbol dominical. En cuestión de minutos, hemos pasado de ser unos silenciosos y pensativos peregrinos, a estar gritando frente al televisor mientras vemos a unos tíos en calzones, pegando patadas a un balón. Qué rápido cambiamos.