Imprimir esta página
Domingo, 28 Noviembre 2010 09:14

Etapa 26: Viduedo a Sarria

Escrito por Chiruca

Durante todo el Camino tengo como objetivo llegar a Santiago. La ciudad. Ir en dirección al oeste. Lo llevo en mente.

Por eso no dudo por la mañana, cuando me levanto, al cargar con mi mochila y salir a caminar. Justo me lavo la cara, me visto y salgo del albergue en ayunas. Siempre encuentro un sitio donde parar a desayunar al rato de estar andando. Hoy es diferente. Esta mañana, Celia nos ha preparado en el comedor de Casa Xato, un desayuno de los de antes. Ante mí tengo la mesa con el tazón de café con leche, la mantequilla y mermelada de la casa, el pan tostado, las madalenas y los zumos. No estoy acostumbrado a salir a caminar con el estómago tan lleno. No me importa nada, por supuesto. Voy feliz mientras salgo de Viduedo y comienzo el largo descenso hacia Triacastela. Está amaneciendo y sopla un fuerte viento del oeste, de frente. Al poco rato de comenzar a andar, los cuatro que hemos salido de Viduedo, Amán, el francés, Gina y yo, nos separamos unos metros unos de otros. Ésta es una de las cosas que más me gustan del Camino de Santiago. Vamos juntos pero separados. Entre el primero y el último de este cuarteto no hay una distancia mayor a los cincuenta o cien metros. Esto quiere decir que cada uno va a lo suyo. A su ritmo y con sus pensamientos. Pero, en todo momento, tenemos un sentimiento de viajar acompañados.

 

Al llegar a Triacastela nos encontramos con la sorpresa del día. A esta población se llega bajando por un bosque y, nada más dejar los últimos árboles, te encuentras con las primeras casas. Justo aquí, a la altura de la primera casa, de pié con la mochila puesta y mirando hacia el bosque, está Marian, esperando a que llegáramos. El joven alemán había decidido separarse de su compañero de aventura, Bapu. Vienen andando desde Alemania sin separarse un solo momento. Y, de repente, deciden hacer los últimos días, hasta Santiago, separados el uno del otro. Nos sorprendernos al verle ahí en pié y nos alegramos. Nos reímos y le preguntamos por su estado, en este orden. Ésta ha sido su primera noche en solitario, sin nuestra compañía y, sobre todo, sin su compañero de Camino. No lo ha pasado nada bien y su decisión de ayer la ha cambiado por una decisión igual de tajante. Quedarse aquí, de pie a la entrada del Camino en el pueblo, esperando a que llegáramos. Calculamos que lleva cerca de una hora, con la mochila puesta, mirando hacia el bosque. Si hubiéramos dormido en O Cebreiro, hubiera estado entre tres y cuatro horas esperando. Posiblemente, en la misma posición. Nos reímos mucho. Creo que él no entiende muy bien qué es lo que nos hace gracia, y continuamos nuestro caminar con el cuarteto convertido en un quinteto.

 

Atravesando Triacastela nos encontramos con una suiza que se une al grupo. Con esta chica hemos coincidido algún otro día, pero no se ha unido a nuestro grupo. Su Camino, que no lo hace entero esta vez, se lo plantea en solitario. Este tramo, hasta Sarria, lo hace junto a nosotros. A la salida de esta localidad, tenemos dos opciones, de nuevo. A la izquierda está la variante de Samos, y a la derecha, la de San Xil. Sin discutirlo y, casi sin hablarlo, cruzamos la carretera y nos vamos por la derecha. Da pena no pasar por el monasterio de Samos, pero me consuelo pensando que es otra cosa que dejo pendiente para un próximo Camino. Durante un buen rato caminamos juntos en agradable charla conjunta. Aquí no hay nada forzado. Cuando apetece ir de charleta, surge sin más. Y cuando apetece ir solo, no tienes más que acelerar el paso o parar un rato. Es una gozada. Como es una gozada, también, el Camino por Galicia. 

 

Vamos por pequeñas carreteras poco transitadas, pistas o senderos de monte. Todo muy bien marcado y sintiendo que vas por el Camino de Santiago. Y no, como ocurre en algún otro sitio, que parece que aprovechan tal carretera o tal pista para que pase el Camino por allí. En Galicia, allá por donde pasas, parece que está hecho expresamente para el caminar del peregrino. La tranquilidad y el silencio, las pequeñas aldeas por las que discurre el Camino, el entorno de naturaleza pura y los paisajes, convierten cada paso del peregrino en un auténtico disfrute.

 

En un constante subir y bajar llegamos a un alto a siete kilómetros de Sarria, desde el que se divisa la localidad. Pero ya he aprendido la lección. Nunca es tarde. Y no me acelero ni me emociono. He aprendido que los peores momentos caminando los he vivido cuando he visto, a lo lejos, mi final de etapa. Tiendes a relajarte. A acelerar el paso. A pensar que ya has llegado. Te ves duchándote y comiendo algo. Y, sin embargo, lo que sientes al rato, es que no llegas nunca. Comienzo mi descenso con esa tranquilidad propuesta pero, al rato, toda mi intención se va al traste. Esa ligera y discontinua lluvia que nos ha acompañado a lo largo de la jornada, se convierte en un incómodo chaparrón. Hace frío. Cuando miro hacia atrás, veo los montes por donde pasamos ayer, totalmente cubiertos de nieve. Acelero el paso. Casi corro con mi mochila. Y, de nuevo, llego reventado al final de etapa. 

 

Último esfuerzo en el largo tramo de escaleras que me llevan hasta el albergue. Voy tan ciego, que no veo la entrada del albergue a treinta metros, a mi derecha. Así me veo. Empapado, cansado y ofreciéndome un “postre”, en forma de una vuelta por la iglesia de Santa Mariña siguiendo la invasión de flechas amarillas. Cuando por fin lo encuentro, compruebo que el albergue de la Xunta de Galicia está limpio y caliente. Los problemas con las calefacciones que he padecido los últimos días, desaparecen de golpe. Los albergues oficiales de la Xunta están realmente bien. Sólo tienen un problema: no tienen un solo utensilio de cocina. A no ser que los lleves cargando en tu mochila, tienes que salir a cenar fuera.