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Viernes, 26 Noviembre 2010 09:11

Etapa 24: Ponferrada a Trabadelo

Escrito por Chiruca

Esta mañana estoy entumecido y siento frío. No sé si es por lo que me mojé ayer o por la larga bajada. Pero el inicio de etapa me está costando un mundo.

Soy consciente de la diferencia con la que salí ayer del albergue. Pero el Camino es así. Unos días estás bien y otros no tanto.

 

Incluso, como me pasó ayer, tu estado anímico y físico puede cambiar en un mismo día. Voy saliendo de Ponferrada y llego hasta Compostilla. Y, luego, Columbrianos. Todo calles, casas y zonas industriales. Me voy sintiendo cada vez peor. Al salir de Columbrianos, el Camino va flechado por una carretera estrecha por donde los coches te pasan rozando a toda velocidad. Y así, hasta Camponaraya, nueve kilómetros desde Ponferrada. Si ya me estaba sentando mal, esto me parece horroroso. No el entorno o el paisaje. Me siento fatal teniendo que andar tanto tiempo por donde han marcado el Camino. Menos mal que este tramo lo estoy haciendo con Cesare y Román, que estos se lo toman todo con una increíble tranquilidad. Tengo que aprender de ellos.

 

A partir de Camponaraya empiezo a respirar. El Camino discurre por una preciosa pista rodeada de viñedos. Nos hemos encontrado a algunos del grupo, que no sé qué flechas han seguido, pero estaban enfadadísimos a causa de los lugares por los que habían tenido que transitar. Ellos también se han calmado al entrar en esta pista de los viñedos. Este tramo hasta Cacabelos lo hacemos todos, más o menos, juntos. Vamos charlando animadamente y disfrutando, hasta llegar a Cacabelos. 

 

Aquí nos volvemos a separar. En Cacabelos nos volvemos a sentir queridos por el Camino. Cada uno de nosotros tira hacia un lado, atraídos por diferentes cosas. Hay muchas cosas por ver y la gente es muy amable con los peregrinos. Yo empujo tímidamente un enorme portón que da entrada a las bodegas de Martín Codax, pensando que me regañarían por entrar. Al contrario. A mí y al hospitalero del albergue de León, que nos acompaña unos días, nos invitan a entrar y a degustar sus diferentes vinos. El día se ha enderezado para mí, después del tramo de Camino por los viñedos y del trato que estamos recibiendo en Cacauelos. La alegría ha vuelto a mi cuerpo. Nos volvemos a reencontrar de nuevo en un bar donde, además del trato amable, nos sirven una cazuelita de alubias con la cerveza como tapa. Me pido otras dos cervezas más. Sólo por comerme la cazuelita.

 

Soy el primero en arrancar y salir del bar. Cuando estamos tan a gusto en algún sitio, me suele dar el pronto y, sin dudarlo, me cargo la mochila y comienzo a andar. Me da miedo quedarme apalancado. Y hoy todavía me queda un buen trecho. Vamos a pasar de largo Villafranca del Bierzo y avanzar un poco más hasta Pereje, donde hay un albergue abierto todo el año. Lo cierto es que cuando llego a Villafranca del Bierzo me da pena no quedarme aquí a dormir, pero eso es algo inevitable. Hay que hacer varias veces el Camino de Santiago cambiando las salidas y llegadas de etapa para disfrutar de esos lugares por donde simplemente hemos pasado. Villafranca del Bierzo es uno de esos lugares donde merece llegar temprano, dejar la mochila en el albergue, y pasarte el resto del día paseando por sus calles. 

 

Cruzo el puente sobre el río Burbia y voy dejando el Bierzo para ir adentrándome en la montaña por el cauce del río Valcarce. El Camino va por un andadero paralelo a la carretera, pero separado por un murete. No hay mucho tráfico y no es desagradable caminar por aquí. Existe otra variante del Camino que va, después de una fuerte pendiente, por la montaña hasta Pradela, aunque aconsejan que solo utilicen este camino los montañeros. Los cinco kilómetros y medio hasta Pereje son cómodos, aunque en una suave pero constante subida. Es un aperitivo para la etapa de mañana, cuando subamos a O Cebreiro. Al llegar al albergue de la Junta Vecinal de Pereje, me encuentro las puertas y ventanas cerradas. Y una nota en la entrada. La han dejado Amán, Bapu y Marian, que se han encontrado el albergue cerrado y han decidido seguir hasta Trabadelo. Yo no sé qué hacer. Falta que llegue el resto del grupo y ya es muy tarde. Me había hecho la idea de quedarme aquí, además ya es bastante tarde. Al rato aparece una mujer con la llave del albergue. Mi alegría inicial se convierte en estupor cuando, ya en el interior, me dice que no enciende la calefacción central. No la entiendo muy bien. No sé si lo hace por no gastar o por qué, pero mi estupor va en aumento cuando veo una chimenea y me dice que no hay leña. Le pregunto si se la puedo comprar a alguien de este pueblo rodeado de bosques. Me dice que no. Le pregunto si la puedo recoger por el monte y me dice que está prohibid, No entiendo nada.

 

Cuando llegan los demás, les comento la situación. Hace frío y esta noche aún enfriará mucho más. Cesare, el tranquilo, me mira. Acto seguido, comienza a andar hacía Trabadelo como si, donde estamos ahora, no existiera un albergue, ni siquiera un pueblo. Todos nos ponemos en marcha tras el italiano. Son las cinco de la tarde y podemos recorrer los cinco kilómetros hasta Trabadelo sin que oscurezca. Cuando llegamos a esta localidad el alumbrado público ya está encendido, pero estamos contentos porque no se nos ha echado la noche. Nuestra alegría aumenta cuando entramos en el albergue municipal de Trabadelo, y comprobamos que está en perfectas condiciones, con calefacción central y la chimenea encendida. Pero lo que más alegría nos da es el cariño con el que nos trata la hospitalera. A pesar de los días que llevo caminando, me siguen sorprendiendo ciertas actitudes hacia el peregrino. Pero me quedo con la forma de actuar de Cesare. Ignora lo malo y se queda con lo bueno. Con la mayor normalidad y naturalidad.

 

 

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