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Jueves, 25 Noviembre 2010 09:08

Etapa 23: Foncebadón a Ponferrada

Escrito por Chiruca

A pesar de haber dormido muy bien, me cuesta levantarme por la mañana. Somnoliento, salgo de mi saco de dormir a echar la meada matinal por el campo.

Lo que me encuentro fuera hace que me espabile en un minuto. El sol está saliendo, rojo, por encima de la espesa niebla que cubre toda la maragatería. Esa niebla termina en las casas más bajas de Foncebadón, pero va subiendo poco a poco. Con toda la rapidez que me da el cuerpo a esas horas de la mañana, entro de nuevo en el albergue y meto en mi mochila, a presión, todo lo que tengo por allí esparcido. Me calzo las botas y salgo camino arriba iniciando mi etapa. Hoy es un día especial. Hoy voy a pasar por la Cruz de Ferro, y estos tres kilómetros que tengo que recorrer hasta este punto, no los quiero hacer envuelto en una espesa niebla. Los demás, que se iban levantando al ritmo pausado habitual de cada día, se han sorprendido de verme salir con esas prisas. Voy subiendo excitado ante la vista que tengo del valle cubierto por la niebla y, ante la expectativa de encontrarme ante uno de los grandes hitos del Camino: la Cruz de Ferro.

 

Estoy realmente emocionado subido a este montículo de piedras en donde se encuentra esta cruz. Por primera vez, desde que comencé mi singladura en Saint Jean de Pied de Port, siento que realmente estoy cerca de Santiago, que voy a llegar. Mis primeras etapas y las vivencias de esos días, se me antojan extrañamente lejanas. Por el contrario, mirando hacia el oeste, hacia el Bierzo, tengo la impresión de poder ver Santiago. La niebla ha ido ascendiendo tras mis pasos, pero se ha detenido al llegar al collado. Tiro hacia adelante, casi con la misma excitación con la que he salido del albergue. Sin ser consciente de lo que tengo por delante. Más de quince kilómetros hasta Molinaseca. Casi todos en un pronunciado descenso.

 

Realizo mi primera parada en Manjarín, este curioso albergue templario que no tiene váter ni duchas. No está Tomás, el carismático hospitalero, pero sí lo atiende otro que me ofrece un café de puchero en la penumbra de la cocina. No se cobra nada, lo dejan a la voluntad del peregrino. La siguiente población es “El Acebo”, siete kilómetros más adelante. Aún hay que subir un par de repechos más, pero lo que estoy notando es que me hacen más daño las pronunciadas bajadas que esas pequeñas subidas. El Acebo es un pueblo de montaña recuperado y muy bien cuidado. Buen lugar para final de etapa, o para hacer una parada de recuperación. El descenso continúa implacable. Cuando llego a Riego de Ambrós, empiezo a estar cansado y dolorido. Esa excitación que tenía al principio de etapa se va diluyendo a medida que voy afrontando más y más bajadas. Para cuando llego a Molinaseca ha desaparecido del todo. Estoy realmente cansado y, desde que he salido de El Acebo, llueve intermitentemente. Es bonita la localidad de Molinaseca, pero no tengo el cuerpo para quedarme a admirarla. Lo justo como para comer algo ligero y continuar mi Camino.

 

Poco más de siete kilómetros separan Molinaseca de Ponferrada. Pero a mí me parece que no llego nunca. Cómo te cambia el cuerpo, y la mente, en un mismo día mientras haces el Camino de Santiago. No soy el mismo que ha amanecido exultante esta mañana. Pensaba que al ser casi toda la etapa en bajada, sería una cosa fácil. Nada más lejos de la realidad. Tanta bajada con tanto peso a la espalda me ha machacado. Llego a Ponferrada totalmente empapado por la lluvia. Deseando encontrar el albergue. Por suerte el albergue de San Nicolás de Flue se encuentra a la entrada de la ciudad.

 

Al llegar al albergue me encuentro con una sorpresa. Yo sé que iba el primero de mi grupo de peregrinos. Sin embargo, allí están Gina, la coreana; y los dos alemanes, Marian y Bapu. No sólo ya están allí, duchados y cambiados. También les ha dado tiempo a ir de compras. Gina ha comprado comida para prepararnos por la noche una cena coreana. Les quiero preguntar cómo han llegado tan pronto, pero enseguida desisto. Para qué quiero saberlo, si me da igual. Como siempre me agarro al axioma de que cada uno hace el Camino como quiere. O hay tantos caminos como peregrinos.

 

Por la noche, disfrutamos de una cena coreana que me sabe a gloria. Un poco picante en algunos platos, pero deliciosa. Me hace gracia la situación. Estoy en el Camino de Santiago, en Ponferrada, y comiendo especialidades coreanas. También tenemos para cenar unos espaguetis preparados por Cesare con unas setas que ha recogido Román por el Camino. Estos dos sí que se toman el Camino con una soberana tranquilidad.