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Miércoles, 24 Noviembre 2010 09:05

Etapa 22: Astorga a Foncebadón

Escrito por Chiruca

Desde que he salido, creo que no he desayunado ni una sola vez en el albergue. Siempre suelo llevar algo de comida en la mochila, por si acaso, pero no llevo nunca nada para prepararme el desayuno en la cocina del albergue.

Hoy no es diferente. Así que salgo, como siempre en ayunas, con la tenue luz del amanecer y disfrutando de los encantos de Astorga, hasta un bar donde me tomo un ligero desayuno. Por la cristalera voy viendo cómo van pasando mis compañeros peregrinos. Cuando veo pasar al último de mi grupo, apuro mi café y arranco. Hoy creo que va a ser un día maravilloso. Vamos hacia el monte por la maragatería, hacia la Cruz de Ferro, y eso me gusta. Todavía no sé si me pararé a dormir en Rabanal del Camino o en Foncebadón. En los dos hay albergue abierto en noviembre, pero lo decidiré sobre la marcha.

 

Al comienzo de la etapa camino por un cómodo andadero pegado a una carretera sin excesivo tráfico. Así durante casi cinco kilómetros hasta Murias de Rechivaldo, donde me encuentro con dos opciones para llegar hasta Sta Catalina de Somoza. Si voy de frente, tengo cuatro kilómetros y medio. Y si voy por la derecha hacia Castrillo de los Polvazares, son tres kilómetros más. El pueblo es muy bonito y tiene albergue y turismo rural, pero por donde voy es un camino agradable y no me lo pienso mucho. Tiro de frente. Los demás también han ido por el camino corto. Hoy nos espera mucha subida, y vamos todos dispersos en medio de una ligera niebla que invade la maragatería. En Santa Catalina de Somoza paro a descansar y tomar un café. Poco a poco van llegando los demás del “grupo” y otros peregrinos. Casi todo el rato voy caminando solo, pero en todo momento siento que voy acompañado por esta “familia” que hemos formado.

 

De nuevo salgo solo. El primero. Creo que aguantaría hacer el Camino yo solo, pero en este Camino estoy jugando con ventaja. En esta etapa, dura porque en todo momento vas subiendo, pero maravillosa, la disfruto enormemente caminando en solitario pero, internamente, siento que voy acompañado. No sé cómo describir lo que estoy gozando con el recorrido de esta etapa. Sé que estoy cansado, pero mi mente borra todo rastro de cansancio cuando veo el camino por el que voy andando, y miro el paisaje que me rodea. No hace sol, el día es gris, ya sin la niebla de antes. Pero no me importa. Los veinte kilómetros que he recorrido hasta llegar a Rabanal del Camino se me han hecho cortos.

 

Es la una del mediodía cuando llego a Rabanal, así que tengo tiempo y ganas de continuar andando. Por lo menos hasta Foncebadón. Ya que no paro a dormir aquí, considero que la parada es obligatoria. Algo hay que comer. Y tengo el lugar idóneo: el albergue del Pilar, donde está mi amiga Isabel, la hospitalera. Isabel ha estado haciendo el Camino durante unos días y nos la hemos ido encontrando intermitentemente. Nos había hablado maravillas de su Albergue en Rabanal. Y, cuando entro y lo conozco, me doy cuenta de que no había exagerado. Se había quedado corta. Recuerdo que cuando nos hablaba de Rabanal. Me sonaba a chino. Me parecía que eso estaba muy lejos. Sin embargo, han pasado los días y ya estoy aquí. Voy recibiendo a mis compañeros, indicándoles dónde está el comedor, con la mesa puesta y dispuesta para ponernos finos comiendo. Hay que recuperar fuerzas y recargar para lo que nos queda.

 

Hacia Foncebadón, el Camino sigue subiendo, pero sigue siendo un auténtico placer caminar por estos parajes. Las nubes se han levantado un poco, y nos permiten contemplar la comarca de la Maragatería en toda su extensión. De nuevo, mi cuerpo se cansa en este tramo pero mi mente no. El entorno por el que voy caminando me abstrae de cualquier cansancio o dolor de piernas. Al llegar a Foncebadón siento una sensación de desolación. Es una aldea en intermitencia de casas en pié y casas derruidas, convertidas en un montón de piedras. Por la “calle principal” diviso a lo alto el albergue Monte Irago rodeado de restos de lo que fueron, en su tiempo, casas del pueblo. A la derecha, yendo hacia la carretera veo, más grande y renovado, el albergue Convento de Foncebadón. Mi instinto aburguesado me tira a la derecha, a lo que parece más un hotel, con la decisión de pasar allí la noche. El bar está totalmente reformado y, además de albergue de peregrinos, tiene habitaciones individuales. Hay peregrinos, pero ninguno de mi grupo. Ellos han ido derechos al otro albergue. Es el momento del dilema: elegir entre la comodidad o el grupo. Finalmente opto por lo último y vuelvo a cargar mi mochila, encaminándome al Monte Irago. Allí están ellos riendo felices. Algunos dentro, frente al fuego; otros en la mesa de madera, en la “calle”. Frente a la fachada, además de “mis” peregrinos de charleta, está un hospitalero preparando verduras para la cena; un perro jugando y ladrando, y unas cuantas cabras que jugaban más que el perro. La apariencia es de una auténtica comuna hippy sin control. Mi estancia en este albergue me acaba demostrando lo acogedor que es y la seriedad en el trabajo de sus hospitaleros, además de su buen humor. Nos ofrecen prepararnos la cena por un módico precio, algo que todos aceptamos. Aquí la “familia” se hace todavía más familia. Al finalizar la estupenda paella y demás viandas, un hospitalero nos ofrece sus “poderes” para quitarnos los dolores y transmitirnos energía. Yo soy uno de los agraciados por las manos de este silencioso e inquietante, pero encantador, hospitalero. Me tumbo. Agarra mis tobillos levantándome las piernas y se concentra sin cerrar los ojos. Al rato, siento un tremendo calor que brota de sus manos. Seguro que mañana estaré como nuevo.

 

 

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