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Martes, 23 Noviembre 2010 09:03

Etapa 21: Villar de Mazarife a Astorga

Escrito por Chiruca

El cielo está despejado en este amanecer en el páramo leonés. El frío es intenso. Bien abrigado, arranco a caminar mientras el sol se va asomando a mis espaldas.

Son cuatro kilómetros iniciales por una carretera entre maizales en una larga recta. Llegamos a un cruce que, a la derecha, nos llevará a San Martín del Camino. Seguimos de frente por una pista de tierra que nos lleva hasta Hospital de Órbigo. Entre medio, pequeña parada en Villavante para desayunar. 

 

Voy caminando con Sonia, la brasileña del grupo. En estas dos horas que llevamos caminando juntos he hablado más tiempo con ella que en todo el Camino. La evolución de Sonia ha sido parecida a la de Román. Al principio del Camino estaba con nosotros pero hablaba muy poco. Ella es abogada y ha aprovechado sus vacaciones para hacer el Camino. En realidad se iba a ir a un destino de calor y playa, pero a última hora cambió, y se vino al Camino. Cosas de peregrinos y algún problema personal que pensaba solucionar caminando. Yo creo que si lo hubiera hecho sola, sin encontrarse con un grupo como el nuestro, hubiera acentuado su problema dándole vueltas y vueltas a la cabeza. Su parquedad de palabras ha ido desapareciendo a medida que iban pasando los días y ya entiende, y se ríe, de nuestras bromas. Eso sí, su hablar es tremendamente pausado. Lo que más gracia me hace de ella es su manera de sacar fotografías. Lleva siempre la cámara dispuesta y cuando ve algo que cree interesante de retratar, se mueve rápida y sigilosamente como si fuera a atrapar una mariposa.

 

Llegamos a Hospital de Órbigo y, mientras lo visitamos, pienso que es una población que merece ser final de etapa. O, por lo menos, pasar un buen rato. A la salida, de nuevo, nos volvemos a encontrar con dos rutas. Hay quien prefiere ir por los andaderos artificiales pegados a la carretera donde suelen encontrarse más servicios. Personalmente, prefiero el monte y los caminos, por lo que no dudo y tomo hacia la derecha en dirección a Villares de Órbigo. En esta población hay un bar abierto, pero hoy no sirven comida, así que nos pedimos un refresco y, amablemente, el dueño del bar nos deja una mesa fuera, para que almorcemos con lo que compramos en la tienda de al lado. Esta mañana temprano hacía un frío intenso, pero a esta hora el sol calienta y el “momento terraza” lo disfruto como pocos.

 

A partir de aquí, el recorrido es una auténtica gozada. También es verdad que el día acompaña. Vamos por senderos, pistas y caminos que suben y bajan por prados, bosques y páramos. Atravieso pequeñas aldeas y zonas con vistas maravillosas. A falta de 5 kilómetros pasamos junto a una nave agrícola abandonada, donde un joven ha instalado un pequeño puesto de atención al peregrino. Allí está este chico todo el día sentado, leyendo y dando conversación al peregrino que se para. Ofrece comida y bebida a cambio de un donativo. Me imagino que en los meses de gran afluencia de peregrinos, tiene que haber mucha gente haciendo cosas de éstas. 

 

Poco después de esta curiosa nave-avituallamiento de peregrinos, atravesamos una carretera. Y, más adelante, un cruce. El Camino flechado va hacia la izquierda, hacia el Crucero de Santo Toribio. De frente hay otra pista que va derecha hacia San Justo de la Vega. Un peregrino de Astorga me había comentado la existencia de esta variante. Aunque está sin flechar, decido aventurarme y, efectivamente, te conduce por un bosquecillo hasta San Justo. Este camino desemboca en una calle que va de norte a sur de San Justo de la Vega hasta empalmar con la vía que viene del Crucero de Santo Toribio cerca del puente sobre el río Tuerto. Lo curioso de esta calle que está sin flechar es su nombre: calle del Camino de Santiago. Pero, por favor, que nadie venga por aquí, que por el otro lado hay servicios para el peregrino. Pero, como me dijo Marcelino en Logroño, “hay tantos Caminos a Santiago como peregrinos”. Una frase que tengo presente en todo mi caminar.

 

Sonia me tiene muy sorprendido. Ya estamos llegando a Astorga y yo estoy que arrastro los pies. Necesito quitarme la mochila y sentarme, por lo menos cinco minutos. Pero veo que ella no se queja. No muestra ningún signo de cansancio. Y me cuesta ser yo quien le pida un descanso. Con la maravillosa vista de Astorga frente a nosotros, me como mi orgullo y le digo que necesito cinco minutos de descanso. No sé si lo hace para sanar mi “herida” pero, mientras estamos sentados contemplando Astorga, me confiesa que ella también necesitaba esta parada a pesar de estar tan cerca del final de etapa. Descansado y consolado, me levanto y retomamos nuestro caminar cruzando las vías del tren y afrontando la dura subida hasta la ciudad. Este último esfuerzo merece la pena, porque cuando llegas arriba se te pasa todo cansancio. Sólo piensas en dejar cuanto antes la mochila en el albergue, y salir a disfrutar de las maravillas de Astorga.

 

Mi visita a Astorga la tengo que retrasar. Al llegar al albergue del Convento de las Siervas de María, nos encontramos al resto de peregrinos de nuestro grupo, que ya estaban tranquilamente sentados y comiendo algo en la terraza. Yo creo que todos sentimos una gran alegría de reencontrarnos. Llevamos dos días yendo cada uno a su aire y tenemos cosas que contarnos. La “familia” de nuevo está unida.

 

 

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