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Lunes, 22 Noviembre 2010 09:00

Etapa 20: León a Villar de Mazarife

Escrito por Chiruca

Lo mejor para salir de una ciudad, haciendo el Camino, es que te coincida en domingo. Tanto en Burgos como aquí, en León, me ha pasado esto. Hay muy poca gente por la calle y no hay coches.

Aprovecho para visitar la ciudad con la luz de la mañana y disfrutar de este paseo por esta maravillosa ciudad. Nada más pasar el puente sobre el río Bernesga me paro a desayunar y a coger fuerzas para estos siete kilómetros que tengo por delante. Desde la salida de León hasta la población de Virgen del Camino vas subiendo poco a poco hacia el páramo. Pero lo peor no es eso. Lo verdaderamente malo es lo feo que es este tramo. No hay que pensar en nada. Tirar hacia adelante y pasarlo.

 

Al llegar a Virgen del Camino tengo dos opciones para seguir mi camino. Por la izquierda, hasta Villar de Matarife, o por la derecha, hasta Villadangos del Páramo o San Martín del Camino. No tengo ni idea de por dónde habrán ido mis “compañeros” de Camino. Yo me he entretenido visitando León y ellos deben de estar por delante. Después de visitar el santuario de la Virgen del Camino, habrá a quien le guste y a quien no. Pero, indiferente, a nadie. Entro en un bar a por otro café, y a decidir por dónde voy. Por la derecha el Camino es un andadero que va pegado a la N120, más urbanizado y con más servicios. Por la izquierda, el Camino va por una pista que se introduce en el páramo, sin coches ni ruido. Salgo del bar decidido. No quiero un andadero artificial ni coches ni ruidos. Y menos mal que lo tengo decidido, porque al poco de comenzar a andar, me encuentro con una auténtica “batalla campal” de flechas amarillas pintadas y borradas. Toda una silenciosa pelea por llevarse a los peregrinos por un lado u otro. Cansa un poco, por eso hay que tener claro por dónde quieres ir antes de comenzar cada etapa. 

 

El camino por el páramo es agradable y estoy disfrutando. Pero todo se estropea cuando estoy llegando a Chozas de Abajo y me encuentro que el camino lo han ensanchado; le han echado gravilla traída de alguna cantera; lo han compactado y, seguramente, acabarán asfaltándolo. Lo harán con toda su buena intención, no lo dudo, para facilitar el andar del peregrino, pero lo que están consiguiendo es acabar con el Camino. Para mayor disgusto, cuando llego a Chozas de Abajo, las flechas me dirigen hacia la izquierda. Mi orientación me dice que debería seguir de frente, pero acato las órdenes del “pintaflechas”. Muy a mi pesar, porque me llevan hasta un bar que está al otro lado del pueblo, donde no paro, para seguir “flecheando” por otra calle hasta el mismo punto donde estaba 500 metros antes. Como decía aquel sabio, “en el Camino de Santiago no debes de hacer ni un metro de menos, pero tampoco de más”. Esos 500 metros me pesan, pero más mi sensación de “turigrino”.

 

Sigo solo. No he visto a ningún otro peregrino en todo el día, salvo a dos ciclistas, pero con esos no se puede hablar. Me intento convencer de que el Camino lo debo de hacer solo, pero no puedo abandonar el pensamiento de mis compañeros peregrinos con los que tan buena relación tengo. Cuando llego a Villar de Mazarife, no tardo en encontrar el albergue Casa de Jesús, a la entrada del pueblo, a la izquierda. Nada más saludar, no lo puedo evitar, y pregunto por mis compañeros dando su descripción. Me dicen que dos de ellos sí han estado, pero que se han ido a comer al bar del pueblo. Por la descripción, son Cesare y Román. Me molesta mucho, pero siento un cierto alivio.

 

Cuando voy a salir para verles, aparece Jesús, el dueño del albergue. Me lleva a su casa que está al otro lado de la calle y, allí, me comienzan a cebar. También está su mujer, Yolanda; los hijos, familiares y algún amigo. Ya no me acordaba de que hoy es domingo, y en casa de Jesús la tienen preparada gorda. Después de comer una deliciosa paella, embutidos y no sé cuántas cosas más, miro a toda la gente que tengo a mi alrededor y recuerdo que no hace mucho rato pensaba que me había quedado solo.

 

Salgo con el estómago a reventar y me dirijo al bar del pueblo para interesarme por Cesare y Román. Allí me dicen que, efectivamente, han estado allí comiendo, pero que hace rato se han ido caminando en dirección a Hospital de Órbigo. Bueno, para dos peregrinos que han tomado esta ruta, han decidido hacer 7 kilómetros más. Está claro que el grupo se ha disgregado, pero el Camino es así. Lo tengo bastante claro. Hemos formado un buen grupo pero en cualquier momento se puede romper. O no. Cada uno hace su Camino, que no se me olvide. Voy pensando en estas cosa mientras vuelvo al albergue y, nada más entrar, me encuentro a Sonia sentada a un lado del comedor. Sorpresa y, por qué negarlo, alegría. Estaba convencido de que yo era el último peregrino andando. Por eso no entiendo cómo ha podido llegar más tarde que yo. Sonia habla un español “abrasiñelado”, y habla con una extremada parsimonia y lentitud, pero no importa. Tenemos todo el tiempo necesario para que me explique cómo ha llegado hasta aquí. Además, cada peregrino hace su Camino, ¿o no?.

 

 

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