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Domingo, 21 Noviembre 2010 08:55

Etapa 19: Mansilla de las Mulas a León

Escrito por Chiruca

Ayer cené solo. Después de llegar al albergue municipal de Mansilla, recomendable por sí mismo y por sus hospitaleros, me fui a dar una vuelta a este pueblo leonés que me pareció muy atractivo.

Al volver al albergue, no noté esa organización espontánea de preparar una cena común. Las coreanas estaban preparando la cena a sus “protegidos” que sufrían del estómago, y los demás andaban un poco dispersos. Así que me “desaparecí” y fui a cenar a un lugar que había visto tras pasar el arco de entrada a Mansilla. A la derecha, pero no recuerdo el nombre. Allí cené el menú del peregrino y me bebí un vasito de vino. Aprovecho para aclarar que no me gusta beber más allá de un vinito bueno de vez en cuando. Pero en el Camino, cualquier vino se me antoja bueno y, hasta ahora, no he tenido dolor de cabeza ni resaca. La verdad es que me llama la atención, y no encuentro una explicación.

 

La etapa de hoy es un muermo. Lo dicen en todas partes. De hecho, Cesare, el italiano que ya se ha hecho el Camino cinco veces, hace el recorrido en autobús. Sé que algún otro le acompañará. La primera parte es un andadero artificial, bien pegadito a la carretera para que nos entretengamos leyendo las matrículas, hasta Puente Villarente. Cruzar el puente sobre el Porma para entrar en esta localidad es más peligroso para el peregrino, que hacer puenting sin medir la cuerda. Me dijeron en Puente Villarente, que existía algún proyecto de poner una pasarela para peregrinos.

 

La segunda parte de los 18 kilómetros hasta León, comienza tras Puente Villarente. Se cruza la carretera, y el Camino te va alejando de ella. Sin el ruido de los coches, puedes empezar a hablar con tus compañeros de Camino. Tras pasar Arcahuela y Valdelafuente, el camino se va metiendo en una zona industrial con naves y talleres, hasta llegar al alto del Portillo. Aquí hay un pequeño caos de Camino de Santiago. Rotondas, carreteras nacionales, autovías y eteces varios. Pero parece que están intentando solucionarlo con pasarelas para peregrinos.

 

La tercera parte de la etapa es bajar el alto del Portillo y entrar en León. No tiene más historia, pero hay que hacerla para poder llegar a León, que es lo verdaderamente importante de la jornada. Llego a la parte antigua de León cansado, no tanto por los kilómetros, que no eran muchos, pero sí por los coches; el constante ruido; las carreteras, las naves y las calles. Cuando llego al albergue del monasterio de las benedictinas o, de Las Carbajalas, me encuentro con Cesare y Romano que han venido en autobús y me empiezan a contar todo lo que han estado haciendo en León desde que han llegado. Yo prefiero no contarles nada.

 

El albergue está muy bien: amplio, limpio y ordenado. Quizá demasiado ordenado todo; a las nueve hay misa y a las diez, las monjas cierran las puertas y ya no se puede entrar ni salir. El plan no me convence, así que sello mi credencial y decido irme a dormir en una cama con sábanas limpias y almohada. Además, hoy viene mi madre con más gente a visitarme. No me hace ninguna ilusión que nadie entre en mi “mundo-Camino”, pero su sueño es hacer el Camino de Santiago. Así que me portaré bien.

 

Dejo mi mochila en el albergue. Por si acaso me aseguro un sitio donde pasar la noche, y me dirijo al barrio Húmedo en busca de un alojamiento. Según voy andando por las callejuelas repletas de gente, me doy cuenta de que, sin mochila, tengo un cierto aspecto de vagabundo. No me importa mucho, pero si me importa no saber dónde ir, deambular buscando algo. Así que decido meterme en un bar, en el del restaurante La Taberna, para pensar un poco y centrarme. Me siento con mi cerveza en la banqueta más cercana a la puerta, y la chica de la barra me saca unas gambas mientras me comenta algo del Camino. Ésta sabe que soy un peregrino, pienso mientras me habla, pero no le hago mucho caso, me siento extraño en una gran ciudad. Al rato, vuelve hacia mi lado de la barra y se dirige a mí de nuevo. Dejo de mirar hacia la calle y me pongo a hablar con ella. Es de mala educación hablar con alguien mirando a la calle. Es entonces cuando me voy dando cuenta de que tengo ante mí a un ángel del Camino. Me ha salvado el día, estaba pensando en lo anodina de la jornada, en que no había pasado nada y, de repente, me encuentro ante mí a un auténtico angelillo del camino.

 

María se llama, quien ha conseguido que de la nada, León ya tenga algo especial en el Camino. Su padre es caballero de la orden del Camino de Santiago o algo así. Su madre, un encanto, no tarda en sentarme en el comedor y sacarme algo de comer. Al rato ya ha hecho las gestiones y me ha conseguido alojamiento con buena relación calidad-precio, lo que comúnmente llamamos bueno-bonito-barato. He pasado, en un instante, de sentirme un extraño a estar en mi casa.

 

Por la noche, voy con mi madre y los demás a cenar a La Taberna. Por supuesto, una cena memorable. Acostumbrado después de tantos días a acostarme como muy tarde a las diez de la noche, al final de la cena tenía que hacer esfuerzos para mantener los ojos abiertos. Eso sí, los abrí muy bien antes de irme, cuando María cogió su guitarra y nos cantó para despedirse. Hasta me dedicó unos versos.

 

 

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