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Sábado, 20 Noviembre 2010 08:50

Etapa 18: Calzadilla de los Hermanillos a Mansilla de las Mulas

Escrito por Chiruca

La cena acabó tarde. Teníamos que acabar con el vino y el orujo que compramos, para no añadir peso a la mochila, claro.

Nos sentíamos en “nuestro” albergue, pequeño, acogedor y con el fuego de leña calentándonos. Queríamos disfrutar de este lugar y de esta situación hasta el último momento. Con nuestras conversaciones “multi-idioma” y nuestras risas. Incluso, el polaco Roman, que tan ajeno y silencioso se mostraba los primeros días, me tumbó sobre la mesa del comedor para darme un masaje en mis doloridos lumbares. Acabó su terapia, entre las risas de todos, haciendo subir descalza a la coreana Gina para que pisoteara mis masajeados lumbares. Un verdadero placer…

 

Pero hay que partir de nuevo. Temprano. Por la mañana. Tampoco es cuestión de formar una comuna. Y ya se sabe, noches alegres, mañanas “nebulosas”. Efectivamente, amanece con una espesa niebla que nos impide ver a cinco metros. Tras recoger todo y dejarlo más limpio de lo que lo encontramos, para eso somos unos fenómenos, vamos partiendo, envolviéndonos en la niebla como almas en pena. Me entretengo grabando con mi cámara y soy el último en salir de Calzadilla. En solitario, voy disfrutando de cada instante de este amanecer envuelto en este espeso silencio que produce la niebla. Tengo la sensación de que el sonido de mis pasos no se aleja. Se queda, mágico, a mi alrededor. Hay cuatro kilómetros por una pequeña carretera antes de entrar en la calzada romana que nos llevará, en 20 kilómetros hasta Mansilla de las Mulas. En estos 25 kilómetros entre Calzadilla y Mansilla, por la Vía Trajana, no hay absolutamente nada. Mejor dicho, no hay pueblos, ni fuentes, ni construcciones donde protegerse, ni siquiera un bosque. Pero esto tiene su encanto. Se agradece pasar un día sin ver coches ni casas y sentir, aunque sea por unas horas, lo que vivían los antiguos peregrinos durante semanas.

 

Al poco de caminar por la solitaria carretera veo unas extrañas figuras entre la niebla. Son cuatro de mis compañeros peregrinos, no por ello son extrañas por supuesto, lo son porque veo que una figura no lleva mochila y, otra lleva dos a cuestas. Cuando llego hasta donde ellos me encuentro con el percal. Marian, uno de los dos alemanes, está con el estómago fastidiado y sin fuerzas. No deja de devolver y puede caminar, pero no puede cargar con su mochila. Su compañero Papu, carga con las dos mochilas, tan campante. Observo la situación; la analizo; dejo hacer, pero sé que no les puedo dejar continuar. Es la peor etapa para intentar una aventura así. En cuanto nos adentremos en la calzada romana no veremos un solo coche, ni una casa, ni siquiera una sola persona. Marian continúa su caminar sin su mochila pero con Puka, la coreana. En todo momento a su lado. 

 

Animándole. Consolándole. Un poco más adelante, Amán comparte el trabajo extra de Papu, y entre los dos acarrean la mochila de Marian. Les dejo hacer, pero sé que cuando la carretera gire a la izquierda, hacia El Burgo Ranero, y nosotros sigamos de frente por la calzada romana, les tendré que parar, es una locura. A poco de llegar al cruce, ocurre lo que tantas veces en el Camino, el milagro, con minúscula, pero milagro. Un coche aparece entre la niebla, viene de Calzadilla y se dirige a El Burgo. Lo paro, se montan Papu y Marian y, en El Burgo, cogerán un autobús hasta Mansilla, donde nos volveremos a ver. Mientras veo cómo se aleja el coche, pienso en los meses que llevan andando estos dos desde Colonia, sin haber utilizado un solo medio de transporte desde que salieron. Por un momento, siento una profunda tristeza, pero enseguida se me pasa. Yo voy decidido a no valerme de otra cosa que no sean mis piernas para llegar hasta Santiago. Ni un solo metro. Ni una sola escalera sin recorrerlas con mis pies. Pero enseguida pienso que esta decisión, empeño o reto, no es más que un juego. Ir más allá, sería acercarnos al fanatismo. Irán hasta Mansilla, descansarán, se recuperarán y, mañana, a seguir con el Camino.

 

Lo solitario de este trayecto se acentúa, aún más, con la niebla que nos rodea. No hay nada, no se oye nada, sólo en algún momento, el ruido del paso de un tren por la lejana vía férrea. En algunos pequeños tramos, todavía se conservan los adoquines en su posición original de la vía trajana. Los que no han sido levantados por el paso de los tractores. Voy adelantando a todos mis compañeros y me alejo en solitario. Les voy a preparar una sorpresa. Veinte kilómetros son muchos sin un lugar donde avituallarse y descansar. Ayer hice acopio de comida y bebida en la pequeña tienda de Calzadilla. Me cuesta encontrar un lugar donde poder ofrecerles un regalo en forma de almuerzo pero, por fin, localizo a la izquierda unas pequeñas encinas con un trozo de prado. Todo el resto es puro páramo. Coloco mi mochila con una flecha amarilla indicando el lugar donde he tendido mi plástico y, sobre él, la comida. Según van llegando, se van encontrando la sorpresa. Sencilla felicidad, un trozo de queso, chorizo, pan, chocolate… y un poco de vino, convierten ese pequeño reducto en mitad del inmenso páramo, en una fiesta. Otro pequeño milagro se produce en el Camino, mientras comemos, bebemos y reímos. La niebla desaparece y nos ilumina el sol.

 

A unos cinco kilómetros del final, llegamos a lo alto de una meseta desde donde vemos las vegas de Reliegos. Un poco más allá, la cárcel de Mansilla y, al fondo a la izquierda, el núcleo urbano. Tras bajar a las vegas, afrontas una pista en línea recta. Se hace eterna. La cárcel que parecía estar tan cerca, no llega nunca. Una vez que la dejas a la derecha, lo que no llega nunca es Mansilla de las Mulas. Estoy reventado. No puedo más. Me doy cuenta que ya no ando. Estoy arrastrando los pies. Estoy seguro de que todo es de cabeza. Cuando ves el final de la etapa, te crees que ya estás, aceleras el paso y mandas el mensaje a tu cuerpo de que ya estás terminando.

 

Pero pasa el tiempo, sigues andando y no acabas. Entonces tu cuerpo te dice basta, que le has engañado. Entonces lo tienes que arrastrar hasta el final. Busco desesperadamente un lugar donde parar a descansar, pero no hay nada. Ya estoy llegando a Mansilla y me dirijo al primer sitio que veo. Es un hotel con bar y buena pinta, poco antes de llegar a Mansilla. Tiro la mochila a la entrada del parking para que la vean los demás, y me dirijo con la vista nublada a por un refresco y algo de picar. Sentado en una mesa de la terraza, veo cómo van llegando los demás en las mismas, o peores, condiciones que yo. Cuando ya estamos todos, le digo al camarero, en broma, que no puedo recorrer el kilómetro que me falta hasta el albergue, y que me quedo aquí. Él, que me había reconocido antes, me confiesa que está lleno. Miro hacia el hotel y lo veo grande, no entiendo que en un día así del mes de noviembre esté lleno. Está lleno de chicas, me dice. Sigo sin entender, hasta que me hace un gesto de complicidad. Es un puticlub. Pero tenemos un menú de mediodía muy bueno y muy barato, me dice. Por qué no, me digo yo, algo tenemos que comer. No será menú del peregrino pero casi. Se lo propongo a los demás, sin decirles dónde estamos, y aceptan encantados. 

 

Otra imagen memorable. En una mesa alargada todos los peregrinos con nuestro menú, ciertamente bueno y barato, y en otra mesa alargada, las mujeres que iban bajando de las habitaciones a comer. Las coreanas miran atónitas, pero el “flipe” es mutuo. A mí, y a alguno más, la situación se nos antoja graciosa. Pero lo importante es que comemos bien, nos recuperamos y podemos llegar hasta el albergue de Mansilla. Aquí nos reencontramos con el francés y con los dos alemanes. De nuevo estamos todos juntos.

 

 

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