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Viernes, 19 Noviembre 2010 08:47

Etapa 17: Terradillos de los Templarios a Calzadilla de los Hermanillos

Escrito por Chiruca

El cielo está despejado, pero aún no ha salido el sol cuando arranco de Terradillos de los Templarios. Después de tantos días de lluvia, el sólo hecho de que te acompañe el sol en tu caminar ya te alegra el día.

A esto le añadimos que el camino es bastante agradable y que el paisaje acompaña para sentir la felicidad del Camino. Ayer comentamos la opción de encontrarnos en Sahagún para tomar un café. Yo he salido solo, como casi siempre. El francés ha salido el primero, también solo. Las dos coreanas y los dos jóvenes alemanes han salido juntos. Desde la etapa de Burgos, los alemanes han cambiado su forma de hacer el Camino y ya van más tranquilos, disfrutando también del comer y del beber. Ayudan a las coreanas en su camino, y ellas les ayudan “subvencionándoles” los almuerzos. “Father” ya no viene con nosotros, en Carrión se junto con otro coreano, o japonés no lo sé muy bien, y decidió hacer más kilómetros cada día. Los demás también han arrancado, cada uno a su rollo. El italiano Aman solo; Sonia, la brasileña, con Alex el venezolano; y Cesare con Romano, el polaco, que ya se ha soltado del todo, y ha pasado de no hablar una palabra a hacernos reír en todo momento.

 

Hasta Sahagún hay 13 kilómetros pero paso antes por Moratinos y San Nicolás del Real Camino, donde no veo a nadie a estas horas de la mañana. Ayer también comentamos que en El Burgo Ranero estaba el albergue abierto y era un buen final de etapa. Así que, desde Sahagún, nos quedan otros 18 kilómetros. A Sahagún llego cansadísimo, con mucho dolor de piernas. No sé lo que me ha pasado, porque he arrancado fenomenal, pero he llegado a Sahagún con una gran necesidad de hacer la paradita. Es lo que pasa en el Camino. A veces vas muy bien y otras, de repente, no puedes con la mochila. La parada y el café me sientan muy bien y reanudamos la marcha. Los demás se marchan hacia adelante mientras yo me entretengo grabando con mi cámara. En los 5 kilómetros que hay hasta Calzada de Coto voy pensando, como siempre. No sé por qué, decido de una manera muy contundente, que no voy a ir por el Camino Francés hasta El Burgo Ranero. Voy a ir por la más agreste Calzada de los Peregrinos hasta Calzadilla de los Hermanillos, donde hay un albergue que también está abierto todo el año. Me ha dado ese barrunto. Cada uno hace lo que quiere en el Camino, y me agarro a eso para tomar la decisión de irme solo por este otro lado. Al llegar al cruce de Calzada de Coto, me encuentro a todos parados. El francés ya se ha ido hacia El Burgo, pero los demás están allí y les digo que yo no sigo de frente, que me voy por el camino del monte hasta Calzadilla. Se quedan todos callados, y es entonces cuando les ofrezco compartir la comida que llevo en la mochila. Desde que empezamos el Camino, es el primer día que hace algo de calor. Nos sentamos en la hierba de un parquecito de Calzada de Coto. Lleno mi bota con el vino que compro en el bar y nos pegamos un almuerzo que nos sabe a gloria. Daban ganas de quedarse todo el día allí, pero hay que seguir. Me levanto, recojo lo que queda y me despido de los demás. Cuando aún no he dejado las calles de Calzada de Coto, giro la cabeza y veo que vienen todos detrás. No pregunto nada, ni comento nada, ni siquiera pienso nada. Cada uno hace lo que quiere en el Camino. Pero, en el fondo, siento alegría.

 

El tramo hasta Calzadilla es un verdadero deleite para el caminante. Una pista de tierra por prados, choperas y bosques de encinas, junto al sol y el calorcillo. Me hacen volver a la felicidad del Camino. En un mismo día he gozado caminando con el amanecer, he estado reventado y he acabado el día de nuevo gozando, esta vez, con el atardecer. Al llegar a Calzadilla, nos encontramos con el albergue abierto y no hay nadie. Ni peregrinos ni hospitaleros. Se nota que es una antigua escuela, y tomamos posesión de ella. Pequeño, pero perfecto. Cocina, duchas, literas y una chimenea para calentarlo todo. En Calzadilla hay un restaurante que tiene fama, pero está cerrado. Tenemos la suerte de encontrarnos la pequeña tienda de ultramarinos abierta, y Cesare se encarga de hacer la compra para la cena, que pagamos entre todos. Nos suele salir a tres euros por cabeza, sin contar el vino, claro.

 

Es una sensación muy extraña la que siento. Estamos en un pueblecito, muy bonito por cierto, al que hemos llegado por el monte. O sea, que no sabemos situar dónde estamos. Nos hemos juntado diez peregrinos de diferentes partes del mundo, que nos hemos apropiado de un albergue en el que no ha aparecido nadie. Hemos conseguido leña; hemos hecho fuego; hemos cocinado y estamos cenando en un gran ambiente sin saber dónde estamos. Sólo sabemos que estamos en el Camino y que estamos muy a gusto.

 

Al final de la cena aparece una señora del pueblo que nos sella las credenciales y nos cobra el albergue. La voluntad.

 

 

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