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Jueves, 18 Noviembre 2010 08:41

Etapa 16: Carrión de los condes a Terradillos de los Templarios

Escrito por Chiruca

En el albergue del Espíritu Santo no hay literas. Duermes en camas. Muchas en una habitación grande, pero camas. 

Ayer me fui a dormir con una sonrisa en la cara después de la cena coreana; de celebrar el cumpleaños de Amán y del buen trato de las simpáticas monjitas. Pero hoy me he despertado espeso, casi tan espeso como la niebla que me rodea mientras voy saliendo de Carrión de los Condes. Al principio no me molesta la niebla, incluso pienso que le da un aspecto fantasmagórico al Camino y que ha aparecido en el día más oportuno. En una etapa que puede resultar muy monótona, toda en línea recta, llana. Los 17 primeros kilómetros sin un solo pueblo ni fuente y rodeado por la inmensidad de los campos de cereales.

 

Pero al poco de salir de Carrión, la niebla me empieza a molestar por el peligro que estoy corriendo en esta primera parte de la etapa. Las flechas amarillas te van llevando por cruces y carreteras llenas de tráfico y tienes que atravesar rotondas para rematar la faena en unos tres kilómetros que hay que recorrer por una estrechísima carretera sin arcén que nos lleva hasta la Abadía de Benevívere. En esta parte ya no tenemos el tráfico de la salida de Carrión, pero los pocos coches que pasan no te ven hasta el último momento. Sigo pensando que la niebla me molesta, pero me molesta mucho más que jueguen con la vida de los peregrinos haciéndoles pasar tanto peligro.

 

Algo más de un kilómetro después de la Abadía de Benevívere la carretera termina y comienza lo que llaman la Vía Aquitana. Una pista ampliada, de “todouno” prensado y elevado más de medio metro del suelo. La niebla se espesa aún más y me envuelve. Sólo puedo ver unos pocos metros de la pista ocre-amarillenta que tengo por delante. Siempre en línea recta. Siempre llano. La sensación es extraña. Parece que estoy andando en una cinta sinfín. Tengo la sensación de que no avanzo, de que estoy en todo momento en el mismo lugar. Al cabo de hora y media de caminar en la niebla, o en la nada, vislumbro unas enormes figuras entre la niebla que se mueven y hacen un ruido espantoso. Me falta Sancho Panza a mi lado para decirle que voy con mi lanza a por ellos. Según me acerco, compruebo que esos “gigantes” no son molinos, sino, excavadoras y enormes apisonadoras que están poniendo una capa más de “todouno” hasta dejar el camino con la consistencia del asfalto. Paro a hablar con los operarios. Les pregunto si eso no es la Vía Aquitana, por donde pasaban los romanos y, más tarde, los peregrinos. Uno de ellos no duda un instante en contestarme

 

  • “Ah, sí, la vía ésa. Pues puede que vaya por debajo de toda esta gravilla prensada, o, también puede que vaya por aquí al lado, por estos campos. La verdad es que no se sabe muy bien”. Palabras textuales del operario en las que voy pensando un buen rato mientras continúo mi camino.

Acercándome a Calzadilla de la Cueza la niebla empieza a disiparse. Hay más luz e intuyo que puede salir el sol. A la entrada del pueblo me encuentro al francés sentado en un banco. Como siempre, doliéndose de las piernas. Éste siempre va rápido y siempre le duele algo. Dice que va rápido y que casi nunca para, porque así le duelen durante menos tiempo las piernas. Yo, claro, asiento. Paro en el albergue Camino Real a tomar algo. Está muy agradable y poco a poco van llegando más peregrinos. Al ver que la niebla ha desaparecido y está brillando el sol, decidimos irnos a un pequeño parque con bancos que hay un poco más adelante y prepararnos un “picknick”. Yo llevo la mochila repleta de comida que compré en Carrión. Con eso, con lo que sacan otros de sus mochilas y las bebidas que traemos del bar del albergue Camino Real, nos montamos una comida campestre memorable. Comemos, bebemos, reímos y disfrutamos del maravilloso sol que ha aparecido. Pero antes de irnos, nos traemos del bar unos cafés y unos chupitos de orujo para quedarnos con mejor recuerdo, aún, de este inolvidable momento alrededor de unos modestos pero inmejorables manjares. Y la compañía, claro.

 

A la alegría que llevamos en el cuerpo se une al regalo que recibimos del cielo en forma de sol, para recorrer los últimos diez kilómetros hasta Terradillos de los Templarios. La niebla ha desaparecido por completo y el cielo se ha abierto para hacernos disfrutar de unas hermosas vistas de los Picos de Europa cubiertos de nieve. La monótona pista ha terminado y camino por un andadero muy agradable rodeado de colinas y algunos bosques. Pequeña parada en Ledigos, para recorrer los últimos tres kilómetros por un andadero paralelo a la carretera. Eso, siguiendo las flechas, porque, al llegar a Terradilos de los Templarios, me dicen que el Camino va por el campo en línea recta y no por la carretera. Que han cambiado las flechas hace poco, aunque muchos peregrinos todavía van por el Camino original, ahora sin flechar. Ese camino no pasa por delante de un nuevo establecimiento que han abierto a la entrada de Terradillos, y el recientemente flechado sí. Esto no sé si me lo dicen también, o me lo imagino yo.

 

 

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