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Martes, 16 Noviembre 2010 10:18

Etapa 14: Hontanas a Boadilla del Camino

Escrito por Chiruca

El cielo está despejado. La salida de Hontanas es de lo más agradable del camino. Voy por una senda alejada de la pequeña carretera, a media ladera del monte.

He salido solo y un agradable silencio me acompaña mientras me deleito con un amanecer soleado, sin parar de andar. Siento las piernas extrañas, pero voy bien. Ayer recibí un masaje en la planta de los pies. Me lo dio Puka, una de las dos coreanas que vienen en el grupo. Son extrañas estas coreanas. Les encanta estar en la “cuadri”, pero a la vez son distantes. Vienen acompañadas de “Father”, pero este va a su bola, habla poco y solo le ves conversando si aparece otro coreano por aquí. “Father”, que no nos ha dicho su nombre, es un cura amigo de Puka. Gina, la otra coreana, es amiga de Puka pero no conocía a “Father”. El caso es que las dos coreanas hacen el camino juntas, con nosotros. Solo se encuentran con el otro en los albergues. Es muy serio, y no veía con buenos ojos que me diera un masaje, que tenía de todo menos de agradable. Con dos palillos especiales iba “agujereando” la planta de mis pies en unos puntos especiales, que correspondían a no sé qué partes del cuerpo. La verdad es que me lo explico, pero yo no me enteraba de nada. Bastante tenía con agarrarme con fuerza a la litera de arriba y gritar. Gritaba como un cerdo el día de San Martín. Era extremadamente doloroso. El placer solo llegaba cuando dejaba de apretarme con la punta de sus palos en la planta de mis pies.

 

Poco antes de llegar a las ruinas de San Antón y pasar bajo su arco, el sendero por el que camino me devuelve a la carretera. No hay tráfico, pero tienes que caminar por una carretera sin arcén apartándote cuando aparece la típica furgoneta. Esto no lo entiendo. Con lo que se gastan en promocionar el Camino. Incluso en destrozar tramos echándoles todouno, cemento y hasta asfalto. Podían mantener la senda por el campo o monte para disfrute de los miles de peregrinos que pasan por allí. Por lo menos hasta Castrojeriz. Aquí sí, en esta población sí que se preocupan de poner flechas amarillas por todo el pueblo para llevar a los peregrinos como un rebaño arriba y abajo. No dejan escapar un solo peregrino sin pasar por todos los monumentos, iglesias, puentes, bares y restaurantes del pueblo. Eso si sigues disciplente el sentido de las flechas amarillas. Cesare, perro viejo que ya se conoce el percal, dejó de seguir las flechas a la entrada del pueblo y siguió de frente.

 

A la salida de Castrojeriz me encuentro con Cesare, Romano, Puka y Gina. Habían salido mucho más tarde pero no habían seguido las flechas. De nuevo, el camino discurre por una pista de tierra donde caminas sin estar pendiente de los coches. Mirando al frente, a un par de kilómetros de distancia, ves una auténtica pared con una herida que la cruza en diagonal, de abajo a arriba. Por allí tenemos que subir. Desde lejos impresiona. Cuando llego arriba, compruebo que el esfuerzo merece la pena por las vistas. Descansamos un poco y arranco antes que los demás. Esto es el camino. A ratos solo y otras acompañado.

 

Sigo mi camino rodeado de amplios horizontes. Solo veo algunos peregrinos por delante y por detrás. Están lejos pero cerca, o mejor dicho, están cerca pero lejos, no sé. Paro a beber agua en la Fuente del Piojo. Más adelante, paso junto a la capilla de San Nicolás, un albergue que regentan los italianos de la Confraternitá di San Giacomo. Pero está cerrado. Cruzando el Pisuerga, entro en Palencia, en Tierra de Campos. Itero de la Vega es el lugar estratégico para la parada diaria. En el bar del albergue está Alex, con otros peregrinos. Peregrinos de los que aparecen y desaparecen, o de los que ves un día y no los vuelves a ver más. Mientras damos buena cuenta de los huevos con chorizo, van llegando más peregrinos. La “familia” vuelve a estar unida. Por un rato.

 

Los 8 kilómetros entre Itero y Boadilla del Camino discurren por una pista en línea recta que asciende hasta un otero a mitad de recorrido entre las dos poblaciones. Un tramo agradable y tranquilo para gozo y deleite de los peregrinos. No tardarán en joderlo y asfaltarlo para gozo y deleite de los coches. Al tiempo. A la entrada de Boadilla nos encontramos con el albergue donde vamos a pernoctar, el “Puzu”. La alegría me desborda. Hoy no he llegado tan cansado ni dolorido como otros días y el albergue tiene una pinta fantástica. La sorpresa me la llevo cuando entramos al jardín. Vamos tres peregrinos y saludamos alegremente al propietario del albergue, un joven alavés. Tras un seco “buenas tardes”, sus siguientes palabras son: “estáis entrando en mi casa y a partir de ahora tenéis que respetar las normas de mi casa. Aquí todos los peregrinos son bienvenidos, pero si alguno de vosotros no es auténtico peregrino y es un turista, lo echaré a la puta calle sin contemplaciones”. A partir de ahí nos hizo seguirle como corderillos, sin dejarnos hablar ni quitarnos la mochila, enseñándonos todas las instalaciones del albergue con sus pertinentes instrucciones. Para acabar, nos indicó la litera en la que teníamos que dormir cada uno. No podíamos elegir.

 

Según seguía disciplente al hospitalero por sus instalaciones, me percaté de que los dos alemanes y el francés que ya estaban allí asentados, nos miraban divertidos desde los sofás del salón. Se reían de nuestras caras de pazguatos atónitos que llevábamos. Así que entendí que lo más divertido del día sería ver la cara de las coreanas, la brasileña, el polaco y demás cuando se encontrarán a este espécimen de hospitalero soltándoles la retahíla de normas de conducta y pensamientos filosóficos sobre el Camino mientras le seguían por todas las estancias. Efectivamente, sus caras y las miradas que se cruzaban fueron de antología.

 

No tardo en percatarme que el lobo no es más que un corderillo disfrazado. Efectivamente, una vez asentados en “su” casa, comprobamos que el hospitalero es un tío encantador. Cenamos juntos, disfrutando de la cocina de Cesare regada con una buena cantidad de vino. Al terminar, el hospitalero nos trae dos botellas de orujo que tenía guardadas, “para que probemos”. Soy de los primeros en irme a dormir. Mientras me alejo veo a uno de los alemanes abrazándose indistintamente al hospitalero y a una de las coreanas. “Joder cómo está cambiando el cuento”, pienso mientras intento conciliar el sueño.

 

 

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