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Lunes, 15 Noviembre 2010 10:09

Etapa 13: Burgos a Hontanas

Escrito por Chiruca

No hay nadie por la calle. Es un verdadero placer salir de Burgos en estas condiciones. Volver a pasar por delante de la catedral aún iluminada. Pasar por sus calles vacías.

Salir de la ciudad a través del paseo que discurre junto al río Arlanzón. Entiendo a Cesare cuando evitó la entrada a Burgos cogiendo el autobús, pero la salida no tiene nada que ver. Es agradable. Vas entrando paulatinamente en lo que será el paisaje que acompañe al peregrino durante varios días; la meseta castellana y los campos de cereales.

 

En Tardajos nos vamos juntando toda la “cuadri” a tomar café en un bar. Es sencillo. El primero que llega entra y deja su mochila en el exterior, junto a la puerta. A medida que van llegando los peregrinos, ven la mochila y deciden si entran o siguen su camino. Hoy hemos parado todos y los parroquianos se han sorprendido al ver un grupo tan heterogéneo, tan diverso y con tantos idiomas a la vez, pero tan bien avenidos y con tan buen rollo. Tras unas cuantas risas, arrancamos después de haber comentado que Hornillos del Camino es un buen lugar para hacer una pequeña parada y “repostar”.

 

De Tardajos a Hontanas nos separan 20 kilómetros. Abandonamos las carreteras y los pueblos. El camino se introduce en la meseta por pistas donde solo se ven campos y colinas a ambos lados. Es muy agradable caminar por aquí, pero sabemos que el único lugar que tenemos para avituallarnos hasta el final de etapa es Hornillos del Camino. Cuando llegamos allí nos encontramos al francés y a los alemanes sentados en la calle. Nos dicen que está todo cerrado y nos miramos unos a otros sin saber muy bien qué hacer. Estamos cansados y no tenemos donde comer o beber algo, ni siquiera un lugar donde descansar protegidos del frío y del viento. Veo una puerta con el letrero de casa rural fuera. Oigo ruidos y llamo a la puerta. Hay dentro están una decena de jóvenes leoneses que han alquilado la casa para pasar el fin de semana. Por sus caras deduzco que han pasado la noche bebiendo y jugando a cartas. No creo que mucho más. Aprovecho su falta de sueño y su sorpresa para pedirles algo de beber y sentarme en la gran mesa junto al ventanal. Les he dicho que somos peregrinos y que somos 4 o 5. No han tardado mucho en entrar y sentarse en la mesa. Nos sacan botellas de 2 litros de refresco y restos de la noche, principalmente ron. Al principio hablamos con ellos mientras bebemos. Ellos en los sofás junto al televisor y en la escalera que da a las habitaciones. Nosotros en la gran mesa del ventanal. Alguien ha dejado una mochila en el exterior y según va pasando el tiempo, van entrando más peregrinos con absoluta normalidad. Ellos han dejado de hablarnos. Simplemente, nos miran atónitos mientras bebemos y reímos celebrando la entrada de cada nuevo peregrino en el improvisado albergue. Las últimas en llegar son las dos coreanas. Tras un imperceptible saludo a los “hospitaleros”, se dirigen una a la cocina y la otra al baño con la misma decisión y naturalidad que lo haría cualquiera en su propia casa. después de hacer unas cuantas risas y dejar que las coreanas bebieran un poco más, abandonamos el lugar. No sin antes, agradecer sinceramente la acogida y desearles que sigan la fiesta. Ellos siguen sin articular palabra, pero levantan tímidamente la mano para despedirse. Yo creo que a estos jóvenes les ha cambiado la imagen que tenían del peregrino. Hasta me los puedo imaginar haciéndolo dentro de poco.

 

Enfilamos juntos la pista que nos llevará durante 10 kilómetros hasta Hontanas. Ya no hay nada en la meseta. Alguna pequeña subida y bajada y mucho viento de frente. El entorno me parece que tiene un gran atractivo. No es tan mala la meseta como dicen los conocedores del camino. Cada uno va a su ritmo y nos vamos disgregando por el camino. Veo que el alemán joven arranca la moto y me meto a su “rueda”, literalmente. Se sorprende de que le aguante el ritmo, pero no sabe que le podría sorprender algo más. 

 

El tramo se hace eterno. Ya hemos quemado la glucosa del refresco con ron y empiezan a flojear las piernas. Además del fuerte viento de cara, lo duro es mirar al frente, al horizonte y no ver más que campo. Pero ese desasosiego se convierte en una gran alegría cuando te encuentras de bruces con el campanario de la iglesia de Hontanas. No la vés hasta que estás a menos de un kilómetro, allí abajo escondida. El albergue está abierto pero no hay nadie para recibirnos. Según vamos llegando nos vamos colocando en las literas. A las dos horas aparece una señora del pueblo que nos sella las credenciales. Cada semana se encarga del albergue una familia diferente. Creo que son cinco las familias que viven en Hontanas. La misma señora nos vende pasta, los huevos y alguna cosa más con la que Cesare nos hará la cena. Qué más podemos pedir; el albergue es nuestro, todos nos ponemos en marcha para poner la mesa, en la cocina los fogones están en marcha y la señora no sólo nos vendió genero para la cena, también un delicioso vino. No dejamos una sola botella llena. Más que nada por no cargarla en la mochila al día siguiente.

 

 

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