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Martes, 09 Noviembre 2010 09:30

Etapa 7: Los Arcos a Logroño

Escrito por Chiruca

Me enfrento a la etapa más larga hasta este momento. 28 kilómetros. Arranco la jornada con respeto a la distancia pero, sobre todo, con mucha resignación. Sigue lloviendo.

Guillermo y Javi se fueron a casa. Hoy lunes les toca trabajar. Me dejan el legado de la parada a mitad de etapa para comer mucho y beber más, pero me queda Yoshino, que vuelve a caminar conmigo en esta etapa.

 

En Torres del Río, paramos en el bar del albergue a tomar el cafecito. Empiezo a cogerle el tranquillo al Camino, las paradas del café, el almuerzo a mitad de etapa… En este albergue ha dormido Paco, y ha preguntado por mí. Va demasiado rápido. Ya no le volveré a ver. Con el café con leche y las magdalenas en el cuerpo, cuando estamos a punto de recoger la ropa del radiador, entran los tres canarios que conocí el primer día en Roncesvalles. Esperamos a que se tomen su café para caminar con ellos y, de paso, igual para de llover, pero ni con ésas. 

 

Al rato de estar caminando, tengo la sensación de conocerles de toda la vida. Así es el camino. No paran de hablar y de reír, ajenos a la intermitente lluvia que nos acompaña. No sé como agradecerles su agradable compañía y voy pillando todo lo que puedo por el Camino para ofrecerlo. Las uvas están para comer y no parar, higos, membrillos… Me cuentan que cuando eran pequeños bajaban a la playa con membrillos y jugaban con ellos en el mar. Al contacto con el agua salada, los membrillos se convertían en unos frutos dulces, para comerlos a mordiscos.

 

Poco antes de llegar a Viana, el día nos regala un enorme arcoiris que nos acompaña durante varios kilómetros. Ya en Viana, acompañados de Sonia a la que encontramos sentada en una roca comiendo uvas, hacemos la parada de rigor para sentarnos frente a una mesa con buenos manjares y mejor vino. Lo justo y necesario para afrontar la última parte de esta etapa.

 

Al llegar a Logroño, me despido con mucha tristeza de Yoshino que tiene que ir a trabajar y de los “Tiagos”, los tres canarios que ponen fin a su semana de Camino. Lo retomarán desde aquí dentro de unos meses. Me quedo nuevamente solo, aparentemente. Pero el Camino son sorpresas y encuentros que se suceden una detrás de otra. Hablando con el hospitalero del albergue de Logroño, aparece un enorme caballero de largas barbas blancas. Nos presentan y comenzamos a charlar.

 

Marcelino, que así se llama, lo conoce todo del Camino. Con su impresionante vozarrón va desgranando anécdotas e historias del Camino, una tras otra. Creo que nos merecemos irnos a tomar un vino para continuar la conversación en un entorno más acorde. Salimos con la intención de ir a un bar, pero me lleva a una antiquísima bodega que está cerca del albergue. Ya estamos en La Rioja y los vinos se suceden, uno detrás de otro. Tras unos cuantos, Marcelino se ofrece para acompañarme al día siguiente hasta Navarrete y sellamos el acuerdo con un apretón de manos, por si el alcohol quema las palabras. A las 8 de la mañana en la puerta del albergue.

 

 

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